KUNST IN ARGENTINIEN
(ARTE EN ARGENTINA)

Un comienzo convincente
La impactante obra “Dinero o Vida” abre el ciclo Dramaturgias Cruzadas
Por Katharina Köhler
11/08/2010

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Este lunes, la obra “Dinero o Vida” abrió en el Espacio Callejón el ciclo Dramaturgias Cruzadas del Goethe-Institut. 
La obra nació del trabajo conjunto del alemán Philipp Löhle, dramaturgo del Maxim Gorki Theater de Berlin y la actriz, directora y docente de actuación Carolina Adamovsky.
Teniendo como tema central del ciclo la independencia y la pregunta por la otredad, motivos que surgen del trabajo en equipo entre artistas de distintas culturas y tradiciones, el texto de Löhle se transforma en las manos de la directora argentina en una obra sobre diferencias sociales e inseguridad económica. Problemáticas que pueden ser atribuidas tanto a la sociedad argentina como a la alemana, aunque las circunstancias sociales más extremas de la Argentina las profundizan.
Un hombre es atacado y maniatado en su casa. Tiene miedo, tiembla y pide algo de tomar con voz acongojada. 
Se mueve con cautela y lleva un pijama de seda. Su contrincante se expresa con desenfado y cierta serenidad. 
Al principio, la situación le resulta algo divertida. Los actores Marcelo Pozzi e Ignacio Rodríguez de Anca representan dos hombres que, a primera vista, no podrían ser más diferentes. Luego, el espectador se va enterando durante un diálogo intensivo de media hora que sus vidas no son tan distintas.
Por un lado, está el ladrón, un cartonero que revuelve la basura para alimentar a su familia y no soporta más ese modo de vida. 
Representa a todos los trabajadores informales, como taxistas o chóferes de buses, empleados de limpieza o caseros. 
Por el otro, su víctima, perteneciente a la clase alta, aparenta llevar una vida perfecta: tiene una casa grande y hermosa, tres autos, ocupa un puesto de trabajo que le da poder y una vida importante rodeada de personalidades famosas y políticos influyentes. Al principio, habla de la cucha en el jardín que construyó por pedido de su esposa para su perro y estaba muy orgulloso de ello. Generándole un gran dolor, muere el perro, irónicamente, antes de que su dueño termine la cucha y que la mujer lo abandone.
Su adversario, por el contrario, vive con su familia en una casa que, asegura, era más chica que esa cucha. Los inconvenientes con los que lucha a diario (falta de calefacción, electricidad, auto y la imposibilidad de mandar a sus hijos a la escuela) son valorados por su contraparte como algo positivo o le resta importancia. (Él puede utilizar su propia estación de servicio para llenar los tanques de sus tres autos, su torturador debe contentarse con no tener semejante responsabilidad). A pesar de estos comentarios naïf e ignorantes, el ladrón no desiste de su plan. Quiere un simple intercambio: la casa del rico por la suya; sus autos, su trabajo, es decir, la vida del otro a cambio de la propia.
Lo que al principio parece irrealizable con una ganancia parcial, empieza a tomar color rápidamente para el rehén, un hombre que no cree poder seguir resistiendo la permanente presión de su vida. Vive en una casa muy grande para una sola persona, le da muchos gastos mantenerla, además de los autos, y empieza a envidiar al cartonero por su vida “simple”. Tiene tanta responsabilidad en su trabajo que le cuesta dormir y solo con pastillas puede aliviar la angustia, sobrellevar el vacío de la separación y la pérdida de todo.


Es muy destacada la interpretación de los dos protagonistas que, en muy poco tiempo, atraviesan vivencias distintas e intercambian los roles de poder. En especial, la apasionada performance de Pozzi es convincente del primer al  último minuto y llega a la conclusión de que cada destino tiene sus aspectos buenos y sus aspectos malos.


Al fin de cuentas, nadie querría cambiar su vida por la de otro sin antes conocer sus detalles. Y el dinero no siempre trae tranquilidad, puede generar, por el contrario, una intranquilidad constante. Mientras que, si uno nada tiene y nada puede perder, termina en una especie de despojo e independencia. Para Löhle, la independencia es, “como la dependencia, una cuestión de perspectivas. ¿Qué significa para los que no tienen preocupaciones? ¿Qué pasa con los olvidados, los marginados, de los que nadie se interesa? ¿Es el desinterés lo que los enfrenta, la ignorancia, el rechazo? 
¿No es acaso el zócalo el lugar donde surge la independencia de la dependencia?".
 

 

 

 


 

 

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